¿Qué fuerzas gobiernan, en nuestra vida individual, el paso de la inocencia a la duda y de esta a la acción reparadora? Inducir la duda en un inocente es una falta sobre la que pesan maldiciones bíblicas. Y si la inducción es tan fuerte que el dubitante pasa luego a una acción que lo autodestruye, la culpa del tentador es mucho mayor. Esta es precisamente la mancha de la que intenta liberarse Horacio, "amigo dilecto de Hamlet", en "Informe Rozemcrantz", monólogo de Sergio Martínez interpretado por Gustavo Salcedo y la violoncellista María Celia Argañaraz.
La puesta en escena del mismo Martínez propone a su actor un espacio vacío con tres montículos de arena en el proscenio. El resto queda en manos de una actuación precisa, de un notable juego de luces y de unas acertadas intervenciones musicales en vivo.
Horacio aparece ante nosotros como un meticuloso testigo, atareado en repasar los hechos que culminaron en la muerte de su amigo más querido. Su responsabilidad es la de haber certificado la presencia de un "espectro real", valga la paradoja, ante un Hamlet que, de otro modo, pudo haber desatendido esas voces fantasmales atribuyéndolas a una pesadilla, a una borrachera o a una locura pasajera. Si Hamlet-padre verdaderamente se presentó ante su hijo clamando venganza, entonces su mandato no puede ser desoído; la inocencia habrá sido quebrada por la duda y la duda no tardará en desembocar en acción fatal. Una pregunta insistente, por lo tanto, remite a los eslabones que encadenan esa secuencia mortífera y a qué tipo de entidades pueden ser tomadas, legítimamente, como causas del obrar humano.
En tiempos arcaicos, una Voz oída en soledad era suficiente para empujar a su oyente a la acción: pensemos, por ejemplo, en Abraham obligado a sacrificar a su hijo Isaac. En ningún momento el padre duda de que se trata de una orden ineludible: le basta su fe para acallar vacilaciones. En la Modernidad naciente, en la era isabelina, en cambio, impera ya la razón fundada en la objetividad de los hechos, en el refrendamiento consensuado de los datos. Si alguien creyó ver un fantasma, será tenido por loco hasta tanto otro confirme la aparición. Tal es, justamente, el papel que le cupo a Horacio y por ello intentará borrar su culpa como un obsesivo que lava incesantemente sus manos.
En "Informe Rozemcrantz" conmueven las detalladas descripciones de Horacio y los ecos emotivos de su relato se potencian intensamente en las "acciones plásticas" que ejecuta con los montículos antes mencionados. Con esa arena, el actor esculpe-dibuja cautivantes formas en el piso, trazos que van revelando el entrañable vínculo que lo unía al Príncipe.
La gigantesca proyección de imágenes de diversas catástrofes y duelos del mundo contemporáneo que se ofrece como prólogo del espectáculo, dan a su temática una dimensión política de más amplio alcance: ¿Qué fuerzas gobiernan el paso de la inocencia colectiva a la duda, y de esta a la acción reparadora?